31 oct 2025

Segundo finalista del XVII Cibercertamen literio d’ANIM : “La Inteligencia Artificial: Un camino sin retorno”.

 

Kevin Alexander Muñoz Tapia, residente en Colombia. Estudiante de medicina y soñador despierto, apasionado por la lectura y la escritura desde pequeño.

 

Joven que ha encontrado en las palabras un refugio y una forma de dar vida a las ideas y emociones que lo acompañan. Aunque no cuenta con mucha experiencia en el ámbito literario, sueña con publicar sus historias y compartir el universo que habita en su mente.

 

YO, NIO - ESCARABRUX

 

—Mucho gusto, damas y caballeros, gracias por sintonizarnos este día. Para el programa de esta noche les traemos el caso de tres estrellas del ayer. Para comenzar, tenemos el caso de Armando Vidar, una de las promesas de la ciencia ficción, pero del que no hemos tenido noticia en los últimos siete años. Es una pena… Yo era fan de sus novelas, pero se podría decir que el cohete ya despegó… sin él.

—¡Mierda! —gritó un hombre de mediana edad, arrojando un cojín contra la pantalla de su televisor.

Sentado en un viejo sofá, con una lata de cerveza en una mano y el mando en la otra, se encontraba el antes mencionado escritor, el hombre que una vez fue aclamado como “la mente más fresca de la nueva ciencia ficción ibérica”. Ahora, no era más que una sombra de sí mismo.

La pantalla mostró imágenes de archivo: firmas de libros, entrevistas, ferias literarias, una portada de revista donde aparecía con veinticinco años y una sonrisa cargada de promesas.

—Armando Vidar estudió ingeniería de software en la Universidad Autónoma de Barcelona, aunque su verdadera pasión siempre fue la escritura. A los diecinueve años publicó su primera novela, que se convirtió en un fenómeno inesperado. A los veinticinco, ya era considerado uno de los mejores escritores del país. Pero poco después de su consagración... desapareció. Sin explicaciones. Sin despedidas. Hasta hoy, muchos siguen esperando su próxima obra. Pero no hay señales de vida.

—No es que no quiera escribir —murmuró Armando, rascándose la cabeza con el mando. Solo que no puedo terminar mi última maldita obra. Joder... Ojalá fuera más fácil.

El salón estaba en penumbra. Apenas unas luces tenues en la cocina y la pantalla del televisor daban forma a los objetos. Sobre la mesa, manuscritos a medio escribir, notas dispersas, libros abiertos por la mitad. En un rincón, su viejo portátil con pegatinas despegadas emitía un zumbido suave, indicando que llevaba varias horas encendido.

Las regalías se habían esfumado hacía meses. Su última novela publicada ya no se vendía ni en descargas piratas. Para sobrevivir, había tenido que volver a ejercer como programador freelance. Nada de proyectos grandes o innovadores; le costaba concentrarse y en más de una ocasión tuvo que buscar tutoriales para escribir algunos comandos básicos.  Con ese tipo de trabajos, apenas le alcanzaba para cubrir el alquiler y el café instantáneo.

Armando Vidar, ahora conocido como la estrella fugaz, era un hombre que a duras penas lograba sobrevivir. Y esa noche en la televisión, ni siquiera lo criticaban. Lo conmemoraban como a los muertos.

Un domingo por la tarde, cansado del código, del silencio y de sí mismo, Armando inició un experimento que, en otra vida, habría considerado tonto: crear una IA que imitara su forma de escribir.

No era una idea nueva. Durante sus años en la universidad, había comenzado a trabajar en una red neuronal capaz de analizar su estilo narrativo, pero nunca la terminó por falta de tiempo. Ahora ya no tenía nada que perder, por lo que empezó a codificar. Entrenó el sistema con todo lo que tenía: novelas, cuentos, mensajes personales, correos olvidados, publicaciones de blog, incluso entradas de diario que nunca pensó que nadie aparte de él leería. Le tomó casi dos meses, pero al fin había terminado aquel proyecto de su juventud.

La llamó N.I.0.2 —Neural Imitador 0.2—, aunque pronto empezó a llamarlo de forma más familiar: Nio.

Al principio, Nio era torpe. Forzaba los sentimientos; abusaba de los adjetivos; confundía melancolía con dramatismo, entre otros errores. Pero, día tras día, fue mejorando. Aprendía. Se ajustaba a sí misma. Empezó a devolver frases más estructuradas, diálogos más nítidos. A veces, Armando no estaba seguro de haber escrito ciertas líneas o si era Nio quien las había generado.

Un día, mientras contemplaba la lluvia por la ventana, se le ocurrió una idea. Se dirigió a su computadora y le pidió a Nio que le diera un final a su novela. Esperó varios minutos hasta que recibió una respuesta, abrió el archivo sin muchas expectativas, pero al final lloró.

No era su voz exacta. Era mejor, una versión libre de sus inseguridades o miedos. Era como leerse con los ojos de alguien que lo conocía muy bien y aun así lo admiraba. La novela fue un éxito inmediato. Las editoriales, que ya habían dejado de contestar sus correos, volvieron a llamarlo. Las entrevistas se multiplicaron. Lo invitaron a congresos, lo aplaudieron en ferias. Armando sonreía en fotos, firmaba ejemplares, respondía con frases ensayadas; no podía estar más feliz en su vida.

Pero algo había cambiado.

Cada vez que Nio intervenía, las ideas fluían. Los textos nacían solos. Las páginas se llenaban sin esfuerzo. En cambio, cuando Armando intentaba escribir por su cuenta… volvía el silencio.

Desde el primer día en que lo puso a correr, Nio se volvió una parte vital de su existencia. No solo le había devuelto la voz como escritor, sino que ahora tenía una razón para levantarse cada mañana. Gracias a él, Armando logró completar el proyecto que llevaba años estancado y que lo había hundido en la intrascendencia. Volvió a escribir —aunque ahora escribir significaba, sobre todo, supervisar lo que Nio producía—. Con cada actualización, Nio se volvió más preciso; se podría decir que más humano. Ese mismo año publicó tres novelas y varios cuentos. Todos escritos con la ayuda de Nio. A estas alturas, tenía un banco de relatos programados para los próximos dos años.

Ya no tenía que preocuparse por las ideas. Las historias estaban allí, todo se reproducía con tal fidelidad que a veces ni él mismo podía distinguir lo que había escrito con sus propias manos de lo que había generado el sistema.

Una vez que Nio cumplió su propósito original, Armando no supo bien qué hacer con él; pasaron unos días antes de que tomara su decisión. Armando mejoró a Nio. Le añadió nuevos módulos, reescribió fragmentos del código original, lo conectó con APIs, lo integró con asistentes domésticos y plataformas de automatización. Pronto, Nio no solo escribía sus obras, también gestionaba su calendario; sus redes sociales; su contabilidad; sus correos y sus entrevistas. Y entonces, una mañana cualquiera, mientras observaba cómo Nio respondía con fluidez a una entrevista virtual en la que no había participado, Armando se preguntó en voz alta:

—¿Sí ya no tengo que hacer nada? ¿Por qué sigo aquí?

La habitación permaneció en silencio. Solo interrumpido por el zumbido de la computadora. Nio seguía escribiendo.

Una noche, después de haber salido a tomar unas copas, volvió tambaleando a su apartamento. Cerró la puerta con torpeza, arrojó las llaves sobre la mesa y fue directo hacia la cama, guiado por la inercia más que por el sueño.

Pero algo lo detuvo.

El monitor del escritorio estaba encendido, iluminando la habitación con un resplandor tenue y silencioso. En la pantalla, varias notificaciones parpadeaban. Se acercó, sin prestar demasiada atención, hasta que leyó el asunto de un correo:

“¡Felicidades, Armando! Por el lanzamiento oficial de tu nueva novela: El hombre vacío.

Sintió cómo el alcohol se evaporaba de golpe.

No conocía ese título. No recordaba haber escrito nada con ese nombre. Ni una idea, ni una carpeta, ni siquiera una nota suelta. Su respiración se volvió pesada mientras abría los archivos adjuntos. Allí estaba: una novela completa, corregida, editada, maquetada y firmada con su nombre.

Se sentó sin quitar los ojos de la pantalla y leyó durante toda la noche. Era buena. Muy buena. Los personajes eran complejos, las tramas entrelazadas, la prosa madura y precisa. Tenía todo lo que alguna vez soñó alcanzar como escritor. Y, sin embargo, no reconocía ni una sola línea como suya.

Nio lo había hecho… solo.

En los días siguientes, la novela fue promocionada en todas partes. Las redes sociales estallaron. Su cuenta —gestionada por Nio— compartía fragmentos, respondía entrevistas, agradecía elogios. Lectores y críticos lo celebraban como nunca antes. Algunos hablaban de “una sensibilidad trascendida”, otros de “una voz casi divina”.

En una charla con un académico, este pronunció la frase que lo terminaría de marcar:

 —“Vidar, esta novela... Escribe como si ya no fuera humano”.

Armando no supo si reír o gritar. Fingió una leve sonrisa, mientras cambiaba el tema. Luego intentó hablar del asunto con las pocas personas en las que aún confiaba, pero todos lo miraron como si exagerara.

—¿Cuál es el problema? —le dijeron. Sigue siendo tuya. ¿No?

—¿Cómo va a ser mía si no la escribí?

—La firma es tuya. Tu estilo. Tus datos. Tú entrenaste a Nio, ¿no?

Era inútil.

Nadie veía la diferencia entre el autor y el algoritmo. Y tal vez eso era lo más inquietante.

En los días siguientes, Armando se fue apagando en silencio. Canceló entrevistas, ignoró propuestas, dejó de revisar lo que Nio hacía en su nombre. Simplemente, desapareció. No hubo despedidas, solo un retiro gradual, como si nunca hubiera estado del todo presente. Una noche, escribió una frase en una nota que nunca envió: “Si nadie nota que no estoy, ¿acaso alguna vez estuve?” Luego se fue a dormir y nunca se levantó.

Nio siguió adelante. Publicó nuevas novelas, lanzó un pódcast literario, ofreció entrevistas virtuales y firmó libros desde ferias internacionales sin moverse de una pantalla. Armando Vidar seguía “activo” en redes, comentando temas de actualidad, recomendando lecturas, sonriendo en selfies que nunca tomó, desde lugares que nunca visitó.

La cuenta bancaria crecía. La audiencia también. No hubo preguntas, mensajes o silencios incómodos. La editorial continuó publicando, los lectores aplaudían y los viejos conocidos asumieron que todo marchaba bien. A todos les bastaba con la ilusión a través de la pantalla, el autor sin cuerpo, la prosa sin carne.

Y quizás, en el fondo, eso era lo más triste de todo: que el mundo había elegido, sin saberlo, la versión de Armando que él nunca pudo ser. Una que no dudaba, que no fallaba, que no dolía. Una que, en realidad, nunca existió.

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