Sergio García Carmona es natural de Jaén, tiene 20 años y estudia Ingeniería Industrial en la Universidad de Jaén, una formación que compagina con su afición por la lectura y la escritura. Su interés por la literatura comenzó alrededor de los 14 años, durante su etapa en el instituto, donde obtuvo varios premios literarios. Desde entonces, ha seguido cultivando esta afición y desarrollando su faceta creativa.
Título: La cochera
El invierno en que cumplí dieciocho años, seis hombres durmieron en la cochera de mi casa y ninguno de nosotros era racista.
Esto pasó en un pueblo de Jaén
que no hace falta nombrar porque podría ser cualquiera. Aquel año la picual
venía cargada, las ramas tocaban el suelo de puro peso, y mi padre andaba
desvelado desde noviembre porque la aceituna no espera: se coge cuando ella
dice, y aquel diciembre decía ya.
La cuadrilla llegó un lunes de
niebla en el furgón de Miguel, el de la cooperativa. Bajaron seis hombres
altos, con bolsas de deporte y ropa de menos frío del que hacía. Mi padre no
les dio la mano; les señaló la cochera con el mismo gesto con que se indica
dónde se descarga algo. Dentro había seis somieres sobre bloques de hormigón,
un hornillo de camping gas, una bombilla colgando de un cable y las mantas
viejas de mi abuela, que olían a gasoil de tanto invierno guardadas junto al
motocultor. Mi padre les enseñó el grifo del corral y dijo que el agua salía
buena. Era verdad. En mi casa casi todo lo que se decía era verdad. Lo malo
nunca fue lo que se decía.
Al principio yo no los
distinguía. Eso lo he pensado muchas veces después, con más vergüenza que
ninguna otra cosa: durante días fueron seis siluetas idénticas subiéndose al
remolque, y aprendí antes los nombres de las aceitunas que los nombres de los
hombres que las cogían. Picual, arbequina, lechín. Ousmane, Mamadou, Ibrahima.
Un fruto se distingue enseguida. Una persona, por lo visto, cuesta más.
A Ousmane empecé a distinguirlo
porque me tocó de pareja en el tajo. Él vareaba y yo recogía el manto, o al
revés cuando a él se le dormían los brazos, que era casi nunca. Los mantos
amanecían tiesos de escarcha y crujían al desplegarse como si rompiéramos algo.
A media mañana se hacía candela con el ramón y se paraba a echar el avío: hoyo
de pan con aceite del año anterior, ese que pica en la garganta y del que mi
padre hablaba como otros hablan de sus hijos. Ousmane comía rápido y apuntaba
palabras en una libreta de gusanillo con un lápiz mordido: espuerta, manto,
jornal. Me pedía que se las escribiera yo primero, para copiarlas debajo con
una letra aplicada de buen estudiante. Hablaba cuatro idiomas contando el suyo.
Yo hablaba uno y lo llevaba cada tarde al bar sin gastarlo.
Los domingos Ousmane llamaba a
Dakar subido al poyete del corral, que era el único sitio con cobertura, y
desde mi ventana lo veía reírse con una risa que aquí no le había oído nunca.
Tenía una hermana pequeña, Coumba, que quería ser médica, y cada mes cruzaba
media provincia en autobús para mandarle dinero desde un locutorio. De fútbol
sabía más que todos nosotros juntos: me recitaba la alineación del Madrid para
sacarme los colores, porque yo era del Jaén y con eso, decía, no se podía
discutir con dignidad. A las dos semanas ya soltaba «illo» con acento de Dakar
y a mí se me olvidaba que había tenido que aprenderlo. Se me olvidaba casi todo
lo que no fuera fácil de mirar.
Aquel año yo había acabado el
instituto con la mejor media de mi clase e iba a empezar Ingeniería en
septiembre. El primero de la familia que pisaría una universidad, decía mi
padre a quien quisiera oírlo, y para pagarla estaban precisamente aquellos
olivos. Ousmane tenía diecinueve, uno más que yo. En Dakar le quedaba un curso
para terminar de electricista, pero la escuela costaba dinero y el dinero
estaba aquí, escondido en el fruto como la moneda en un roscón. Madrugábamos
igual, nos dolía igual la cintura, se nos agrietaban igual las manos. A las
seis de la tarde yo subía a mi cuarto, a mi estufa, a mi cena caliente. Él
cruzaba el corral hasta la cochera. Todo lo demás era igual.
Un sábado, al acabar el tajo,
pararon en el bar a tomar café. Yo estaba dentro con mi padre. Paco no les negó
nada, eso hay que decirlo: les cobró los seis cafés y se los sirvió en vasos de
plástico, para la calle, sin que nadie se los hubiera pedido así. Se los
bebieron fuera, de pie, junto a la ventana empañada tras la que nosotros
bebíamos en taza, al lado de la estufa. Nadie dijo nada. Yo tampoco. Vayan
acostumbrándose a esa frase, que yo también me acostumbré.
Dentro, el Andrés levantó la voz
lo justo para que lo oyera el bar entero: que a esos los mantenía el gobierno,
que lo sabía él de buena tinta. A esos, que llevaban nueve horas de tajo y el
lomo escarchado. Mi padre lo atajó con un gesto: «Estos trabajan como
animales», dijo, y lo dijo como un elogio, y como un elogio lo recibió todo el
bar. Nadie notó nada raro en la frase. Yo tampoco, entonces. El racismo del
Andrés se veía a la legua. El nuestro había que ir a buscarlo, y no fue nadie.
Al lado del Andrés, mi padre parecía un santo: para eso sirven también los
Andrés.
En Nochebuena mi madre guisó para
un regimiento. Les llenó seis tuppers hasta los topes, con su lomo de orza y
sus patatas, y una bolsa de mantecados de Estepa, y me mandó cruzar el corral
con aquella torre tibia entre los brazos. Dentro de la cochera hacía el mismo
frío que fuera, pero más quieto. Mi padre nunca les puso estufa: decía que
cualquier chispa y aquello prendía entero. Tardé años en darme cuenta de que
aquel miedo era por la cochera.
Ousmane me hizo sitio en su
somier. Desde mi casa llegaban los villancicos y la risa de mi hermano pequeño.
Me contó que en wolof existe una palabra, teranga, que no sabía traducirme:
algo así como que el forastero duerme en la mejor cama de la casa, y la familia
en el suelo, y que el honor de una casa se mide por cómo trata al que llega de
lejos. Me lo contó sin ironía, sentado en un somier sobre bloques de hormigón.
La ironía la he ido poniendo yo después, cada vez que me acuerdo.
De aquella noche supe otra cosa
mucho más tarde: cinco de los seis no comían cerdo. No nos lo dijeron. Se
comieron las patatas y el pan, guardaron el lomo con un cuidado de no ofender
que nadie les había pedido, y nos dieron las gracias uno por uno. Mi madre no
era mala; mi madre era la mejor persona de aquella casa. Les mandó comida para
tres días sin preguntarse quiénes eran. Lo que no se le ocurrió, lo que no se
nos ocurrió a ninguno, fue poner seis sillas en una mesa donde sobraba sitio.
La primera semana de enero llovió
cinco días seguidos, y con agua no se coge: el manto resbala, la vara pesa el
doble, la aceituna se niega. Para mí aquellos días fueron vacaciones: novela,
brasero, mi madre friendo. Para ellos fueron cinco jornales menos. Los veía
desde la ventana de mi cuarto, asomados a la puerta de la cochera, mirando el
cielo como se mira una cuenta atrás. La lluvia cae sobre todos por igual, eso
dicen. Depende del techo, cae distinto.
Cuando escampó, mi padre me pasó
la libreta de las cuentas, porque a mí se me daban bien los números y a él le
bailaban. Una página entera para la gente del pueblo: Antonio Heredia, el
Rubio, la Loli y su marido, cada uno con sus peonadas y su precio. Y en la
página de al lado, una columna sin apellidos: seis rayas verticales y un
número. El número era más bajo. Mismo tajo, mismas horas, misma escarcha, y el
jornal de ellos valía ocho euros menos. Hice la cuenta dos veces, convencido de
que el error era mío.
—Papá, aquí falta...
—Ellos vienen sin papeles —dijo,
sin apartar los ojos del televisor—. Bastante hago. Pregunta por ahí a ver
quién los mete en su finca. Otros los tienen durmiendo en la plaza.
Y era verdad. Otra vez era
verdad. En mi casa las verdades se usaban para eso: para taparse.
Cerré la libreta cuadrada al
céntimo. Mi padre me revolvió el pelo como cuando traía buenas notas.
—Así da gusto, estudiante.
Con ese dinero, en septiembre,
pagué la matrícula.
La campaña se acabó a mediados de
febrero, cuando los olivos se quedaron desnudos y el pueblo volvió a su tamaño.
Ellos seguían la fruta como se sigue un jornal que huye: ahora tocaba Huelva,
la fresa. Yo llevaba desde enero con los ocho euros en la boca. Pude decírselo
cualquier tarde de manto y espuerta; pude decírselo la mañana del furgón. No se
lo dije nunca. Me lo callé como se calla una herencia.
La mañana en que vino a por ellos
el furgón, Ousmane me dio la mano por primera y última vez. La tenía fría y
dura como un mango de vara.
—Suerte en la universidad, sama
xarit —me dijo. Amigo mío.
Me deseó suerte él a mí. El
furgón dio la vuelta en la era y yo me quedé con la mano en el bolsillo y una
vergüenza sin estrenar, de mi talla exacta, que todavía me sigue valiendo.
Al recoger la cochera encontré,
caída detrás de su somier, una hoja arrancada de la libreta de gusanillo. La
tengo delante ahora mismo: espuerta, manto, jornal, escarcha, buenos días,
hasta mañana, gracias. Debajo de cada palabra mía, la suya, copiada con
paciencia de electricista. La última de la lista es gracias. Veinte años
después sigo sin saber de qué.
Mi padre murió hace tres años sin
haber sido racista un solo día de su vida. Lo digo como él lo habría dicho, sin
ironía: jamás insultó a nadie, prestaba el tractor a medio pueblo, llevaba a
misa a la Carmen cuando se le murió el marido. Solo pagaba ocho euros menos, y
no daba la mano, y guardaba a seis hombres donde se guardan las máquinas. El
olivar ahora lo llevo yo. Escribo los apellidos en la libreta, pago el
convenio, puse estufa y camas en la cochera. Durante un tiempo creí que con eso
quedaba en paz. Es mentira: llegar veinte años tarde a la vergüenza no es
llegar, y una cochera con estufa sigue siendo una cochera.
Durante mucho tiempo creí que no
ser racista era una forma de inocencia. Ahora sé que era una forma de descanso:
el asunto podía soltarse al final del día, como se suelta la vara al acabar el
tajo, y quedarse uno tranquilo. Ellos no podían soltarlo. Ellos lo llevaban
puesto.
El invierno en que cumplí
dieciocho años, seis hombres durmieron en la cochera de mi casa y ninguno de
nosotros era racista. He tardado media vida en entender esa frase. La primera
mitad es un hecho. La segunda es la coartada.



