14 oct 2026

Ganador del XVIII Cibercertamen literio d’ANIM : “RACISMO Y PRIVILEGIO BLANCO”.


Sergio García Carmona es natural de Jaén, tiene 20 años y estudia Ingeniería Industrial en la Universidad de Jaén, una formación que compagina con su afición por la lectura y la escritura. Su interés por la literatura comenzó alrededor de los 14 años, durante su etapa en el instituto, donde obtuvo varios premios literarios. Desde entonces, ha seguido cultivando esta afición y desarrollando su faceta creativa.










Título: La cochera

El invierno en que cumplí dieciocho años, seis hombres durmieron en la cochera de mi casa y ninguno de nosotros era racista.

Esto pasó en un pueblo de Jaén que no hace falta nombrar porque podría ser cualquiera. Aquel año la picual venía cargada, las ramas tocaban el suelo de puro peso, y mi padre andaba desvelado desde noviembre porque la aceituna no espera: se coge cuando ella dice, y aquel diciembre decía ya.

La cuadrilla llegó un lunes de niebla en el furgón de Miguel, el de la cooperativa. Bajaron seis hombres altos, con bolsas de deporte y ropa de menos frío del que hacía. Mi padre no les dio la mano; les señaló la cochera con el mismo gesto con que se indica dónde se descarga algo. Dentro había seis somieres sobre bloques de hormigón, un hornillo de camping gas, una bombilla colgando de un cable y las mantas viejas de mi abuela, que olían a gasoil de tanto invierno guardadas junto al motocultor. Mi padre les enseñó el grifo del corral y dijo que el agua salía buena. Era verdad. En mi casa casi todo lo que se decía era verdad. Lo malo nunca fue lo que se decía.

Al principio yo no los distinguía. Eso lo he pensado muchas veces después, con más vergüenza que ninguna otra cosa: durante días fueron seis siluetas idénticas subiéndose al remolque, y aprendí antes los nombres de las aceitunas que los nombres de los hombres que las cogían. Picual, arbequina, lechín. Ousmane, Mamadou, Ibrahima. Un fruto se distingue enseguida. Una persona, por lo visto, cuesta más.

A Ousmane empecé a distinguirlo porque me tocó de pareja en el tajo. Él vareaba y yo recogía el manto, o al revés cuando a él se le dormían los brazos, que era casi nunca. Los mantos amanecían tiesos de escarcha y crujían al desplegarse como si rompiéramos algo. A media mañana se hacía candela con el ramón y se paraba a echar el avío: hoyo de pan con aceite del año anterior, ese que pica en la garganta y del que mi padre hablaba como otros hablan de sus hijos. Ousmane comía rápido y apuntaba palabras en una libreta de gusanillo con un lápiz mordido: espuerta, manto, jornal. Me pedía que se las escribiera yo primero, para copiarlas debajo con una letra aplicada de buen estudiante. Hablaba cuatro idiomas contando el suyo. Yo hablaba uno y lo llevaba cada tarde al bar sin gastarlo.

Los domingos Ousmane llamaba a Dakar subido al poyete del corral, que era el único sitio con cobertura, y desde mi ventana lo veía reírse con una risa que aquí no le había oído nunca. Tenía una hermana pequeña, Coumba, que quería ser médica, y cada mes cruzaba media provincia en autobús para mandarle dinero desde un locutorio. De fútbol sabía más que todos nosotros juntos: me recitaba la alineación del Madrid para sacarme los colores, porque yo era del Jaén y con eso, decía, no se podía discutir con dignidad. A las dos semanas ya soltaba «illo» con acento de Dakar y a mí se me olvidaba que había tenido que aprenderlo. Se me olvidaba casi todo lo que no fuera fácil de mirar.

Aquel año yo había acabado el instituto con la mejor media de mi clase e iba a empezar Ingeniería en septiembre. El primero de la familia que pisaría una universidad, decía mi padre a quien quisiera oírlo, y para pagarla estaban precisamente aquellos olivos. Ousmane tenía diecinueve, uno más que yo. En Dakar le quedaba un curso para terminar de electricista, pero la escuela costaba dinero y el dinero estaba aquí, escondido en el fruto como la moneda en un roscón. Madrugábamos igual, nos dolía igual la cintura, se nos agrietaban igual las manos. A las seis de la tarde yo subía a mi cuarto, a mi estufa, a mi cena caliente. Él cruzaba el corral hasta la cochera. Todo lo demás era igual.

Un sábado, al acabar el tajo, pararon en el bar a tomar café. Yo estaba dentro con mi padre. Paco no les negó nada, eso hay que decirlo: les cobró los seis cafés y se los sirvió en vasos de plástico, para la calle, sin que nadie se los hubiera pedido así. Se los bebieron fuera, de pie, junto a la ventana empañada tras la que nosotros bebíamos en taza, al lado de la estufa. Nadie dijo nada. Yo tampoco. Vayan acostumbrándose a esa frase, que yo también me acostumbré.

Dentro, el Andrés levantó la voz lo justo para que lo oyera el bar entero: que a esos los mantenía el gobierno, que lo sabía él de buena tinta. A esos, que llevaban nueve horas de tajo y el lomo escarchado. Mi padre lo atajó con un gesto: «Estos trabajan como animales», dijo, y lo dijo como un elogio, y como un elogio lo recibió todo el bar. Nadie notó nada raro en la frase. Yo tampoco, entonces. El racismo del Andrés se veía a la legua. El nuestro había que ir a buscarlo, y no fue nadie. Al lado del Andrés, mi padre parecía un santo: para eso sirven también los Andrés.

En Nochebuena mi madre guisó para un regimiento. Les llenó seis tuppers hasta los topes, con su lomo de orza y sus patatas, y una bolsa de mantecados de Estepa, y me mandó cruzar el corral con aquella torre tibia entre los brazos. Dentro de la cochera hacía el mismo frío que fuera, pero más quieto. Mi padre nunca les puso estufa: decía que cualquier chispa y aquello prendía entero. Tardé años en darme cuenta de que aquel miedo era por la cochera.

Ousmane me hizo sitio en su somier. Desde mi casa llegaban los villancicos y la risa de mi hermano pequeño. Me contó que en wolof existe una palabra, teranga, que no sabía traducirme: algo así como que el forastero duerme en la mejor cama de la casa, y la familia en el suelo, y que el honor de una casa se mide por cómo trata al que llega de lejos. Me lo contó sin ironía, sentado en un somier sobre bloques de hormigón. La ironía la he ido poniendo yo después, cada vez que me acuerdo.

De aquella noche supe otra cosa mucho más tarde: cinco de los seis no comían cerdo. No nos lo dijeron. Se comieron las patatas y el pan, guardaron el lomo con un cuidado de no ofender que nadie les había pedido, y nos dieron las gracias uno por uno. Mi madre no era mala; mi madre era la mejor persona de aquella casa. Les mandó comida para tres días sin preguntarse quiénes eran. Lo que no se le ocurrió, lo que no se nos ocurrió a ninguno, fue poner seis sillas en una mesa donde sobraba sitio.

La primera semana de enero llovió cinco días seguidos, y con agua no se coge: el manto resbala, la vara pesa el doble, la aceituna se niega. Para mí aquellos días fueron vacaciones: novela, brasero, mi madre friendo. Para ellos fueron cinco jornales menos. Los veía desde la ventana de mi cuarto, asomados a la puerta de la cochera, mirando el cielo como se mira una cuenta atrás. La lluvia cae sobre todos por igual, eso dicen. Depende del techo, cae distinto.

Cuando escampó, mi padre me pasó la libreta de las cuentas, porque a mí se me daban bien los números y a él le bailaban. Una página entera para la gente del pueblo: Antonio Heredia, el Rubio, la Loli y su marido, cada uno con sus peonadas y su precio. Y en la página de al lado, una columna sin apellidos: seis rayas verticales y un número. El número era más bajo. Mismo tajo, mismas horas, misma escarcha, y el jornal de ellos valía ocho euros menos. Hice la cuenta dos veces, convencido de que el error era mío.

—Papá, aquí falta...

—Ellos vienen sin papeles —dijo, sin apartar los ojos del televisor—. Bastante hago. Pregunta por ahí a ver quién los mete en su finca. Otros los tienen durmiendo en la plaza.

Y era verdad. Otra vez era verdad. En mi casa las verdades se usaban para eso: para taparse.

Cerré la libreta cuadrada al céntimo. Mi padre me revolvió el pelo como cuando traía buenas notas.

—Así da gusto, estudiante.

Con ese dinero, en septiembre, pagué la matrícula.

La campaña se acabó a mediados de febrero, cuando los olivos se quedaron desnudos y el pueblo volvió a su tamaño. Ellos seguían la fruta como se sigue un jornal que huye: ahora tocaba Huelva, la fresa. Yo llevaba desde enero con los ocho euros en la boca. Pude decírselo cualquier tarde de manto y espuerta; pude decírselo la mañana del furgón. No se lo dije nunca. Me lo callé como se calla una herencia.

La mañana en que vino a por ellos el furgón, Ousmane me dio la mano por primera y última vez. La tenía fría y dura como un mango de vara.

—Suerte en la universidad, sama xarit —me dijo. Amigo mío.

Me deseó suerte él a mí. El furgón dio la vuelta en la era y yo me quedé con la mano en el bolsillo y una vergüenza sin estrenar, de mi talla exacta, que todavía me sigue valiendo.

Al recoger la cochera encontré, caída detrás de su somier, una hoja arrancada de la libreta de gusanillo. La tengo delante ahora mismo: espuerta, manto, jornal, escarcha, buenos días, hasta mañana, gracias. Debajo de cada palabra mía, la suya, copiada con paciencia de electricista. La última de la lista es gracias. Veinte años después sigo sin saber de qué.

Mi padre murió hace tres años sin haber sido racista un solo día de su vida. Lo digo como él lo habría dicho, sin ironía: jamás insultó a nadie, prestaba el tractor a medio pueblo, llevaba a misa a la Carmen cuando se le murió el marido. Solo pagaba ocho euros menos, y no daba la mano, y guardaba a seis hombres donde se guardan las máquinas. El olivar ahora lo llevo yo. Escribo los apellidos en la libreta, pago el convenio, puse estufa y camas en la cochera. Durante un tiempo creí que con eso quedaba en paz. Es mentira: llegar veinte años tarde a la vergüenza no es llegar, y una cochera con estufa sigue siendo una cochera.

Durante mucho tiempo creí que no ser racista era una forma de inocencia. Ahora sé que era una forma de descanso: el asunto podía soltarse al final del día, como se suelta la vara al acabar el tajo, y quedarse uno tranquilo. Ellos no podían soltarlo. Ellos lo llevaban puesto.

El invierno en que cumplí dieciocho años, seis hombres durmieron en la cochera de mi casa y ninguno de nosotros era racista. He tardado media vida en entender esa frase. La primera mitad es un hecho. La segunda es la coartada.


Primer finalista del XVIII Cibercertamen literio d’ANIM : “RACISMO Y PRIVILEGIO BLANCO”.

Marcos Avalos Vila (Barcelona)

Título: El niño de la arena

El suelo del parque era una lona perfecta de colores chillones; un manto de caucho triturado y elástico que amortiguaba las caídas, diseñado minuciosamente para que las rodillas infantiles jamás conocieran el mapa de una costra. Allí, el tiempo transcurría entre el vaivén higiénico de los columpios de acero inoxidable y el rumor de las madres que, sentadas en bancos de madera tratada, desgranaban una cháchara dominical, ajena al mundo.

Apenas a diez metros, separando el idilio de la intemperie, se alzaba la verja. No era muy alta, una simple sucesión de lamas de hierro verde, pero bastaba para fundar dos planetas. Al otro lado no había caucho, sino un descampado de tierra viva, reseca por el sol de julio, donde la arena se levantaba en pequeños remolinos sucios cada vez que soplaba el viento. Allí se erguían los bloques de pisos grises, con la ropa tendida en las ventanas como banderas de tregua, donde habitaban los hijos de las esquinas difíciles.

Un balón de reglamento, reluciente y duro, rompió la frontera. Bastó un puntapié torpe para que la pelota salvara los hierros y fuera a botar, con un eco sordo, sobre el polvo del descampado.

El dueño del balón caminó hacia la verja con la parsimonia de quien sabe que el mundo le pertenece. Al llegar a los barrotes, detuvo sus pasos. Al otro lado, agachado junto a un charco seco, había un niño de su misma estatura, con la piel del color de la madera de nogal y una camiseta demasiado grande cuyos hilos deshilachados rozaban la tierra. Sus ojos, oscuros y veloces como escarabajos, se fijaron primero en el cuero nuevo del balón y luego en el rostro del recién llegado.

No mediaron palabras. El niño de la arena extendió un pie calzado con una zapatilla gastada, cuyo talón asomaba por detrás, y detuvo la pelota. Con un toque sutil, casi elegante, la devolvió por el hueco entre dos barrotes. El dueño del balón la recibió, sonrió y la pateó de vuelta, despacio, midiendo la fuerza para no asustar la simetría del juego.

Durante cinco minutos, el universo se redujo a ese pulso limpio de ida y vuelta. El cuero viajaba del caucho a la tierra, de la tierra al caucho, cruzando la aduana de hierro sin pedir pasaportes. El aire parecía volverse más ligero. El niño de la arena reía con una risa blanca, limpia, un tintineo que no sabía de censuras. El otro le respondía con el mismo idioma absoluto de la infancia, fascinado por la destreza con la que el chiquillo del descampado amortiguaba el balón con el pecho. Eran dos engranajes perfectos, ajenos a la herencia del mundo.

Entonces, el aire se trizó.

— ¡Ven aquí ahora mismo!

La voz de la madre cruzó el parque como un latigazo de ortiga. No era un grito de pánico real, no era el alarido de quien ve a su hijo asomarse a un pozo o a la trayectoria de un coche. Era un tono diferente, una urgencia seca, teñida de un asco preventivo, un código ancestral que los adultos disparan cuando el privilegio roza la periferia.

El niño del caucho congeló el pie sobre el balón. Giró la cabeza. Su madre lo miraba desde el banco, de pie ya, con las facciones tensas y las cejas unidas en un nudo de severidad armada. A su lado, las otras madres habían interrumpido la conversación y miraban la verja con una mezcla de lástima y reproche, como si el niño hubiera estado jugando con un animal sarnoso.

El niño de la arena comprendió antes que nadie. Su risa se apagó de golpe, como una vela soplada. Dio un paso atrás, hundiéndose de nuevo en la inmensidad de su descampado, y dejó las manos caídas a los lados del cuerpo, asumiendo la culpa invisible de su sola presencia.

El dueño del balón recogió el cuero con las manos. Caminó de vuelta hacia el banco con las piernas pesadas, arrastrando los pies sobre la goma de colores. Al llegar, su madre lo agarró del brazo con una firmeza excesiva, desproporcionada. No hubo regañina verbal, solo un silencio denso, un reproche mudo que dolía más que un bofetón.

De su bolso de marca extrajo un paquete de toallitas húmedas con olor a alcohol y limón. Tomó las manos de su hijo y empezó a frotarlas con saña. El tejido blanco pasaba una y otra vez por las palmas, por los dedos, por los reversos, como si intentara arrancar una mancha invisible, una infección moral que el niño hubiera contraído al respirar el mismo aire que el habitante de la tierra.

El niño no protestó. No dijo que el balón apenas había tocado el polvo, no dijo que el otro chico era el mejor pasador que había visto en todo el verano, no defendió la pureza de aquellos cinco minutos. Se quedó quieto, sintiendo el frío húmedo de la química en su piel, aceptando la humillación ajena como un peaje necesario para mantener la paz de su reino.

Cuando la madre terminó, guardó la toallita sucia y le tendió una galleta de chocolate. Un premio por la sumisión. El niño la tomó, pero el dulce le supo a ceniza en la boca.

Volvió al columpio. Mientras subía y bajaba, sintiendo el viento estéril en la cara, miró de reojo hacia la verja. El niño de la arena seguía allí, sentado solo sobre un bordillo roto, dándole la espalda al parque rico, dibujando círculos en la tierra con un palo.

El columpio subía, pero el niño ya no volaba. Envolviéndose en el aroma a lavanda y caucho de su zona segura, comprendió el peso exacto de su cobardía. Su madre no había usado palabras de odio, ni insultos, ni consignas; solo le había ofrecido protección. Y él, al dejarse limpiar aquellas manos que solo habían tocado el juego, al callar para no incomodar el orden del banco, había firmado su primer pacto con la infamia. Supo, con una lucidez helada que le arruinó la tarde, que la neutralidad de su silencio acababa de inaugurar su propia cuota de racismo. Una complicidad perfecta que no había necesitado pronunciar una sola palabra para dejar al otro lado de la valla a un niño desterrado.

Segundo finalista del XVIII Cibercertamen literio d’ANIM : “RACISMO Y PRIVILEGIO BLANCO”.

 

Raúl Guerrero Payo (Valverde del Fresno, 1997) es graduado en Dirección de Escena y Dramaturgia y en Filología Hispánica. Escribe en español y en Valverdeiru, lengua de su tierra.

Su obra explora especialmente las relaciones entre lenguaje, identidad, memoria y cuerpo. Su poesía y narrativa han sido reconocidas en distintos certámenes nacionales e internacionales y han aparecido en diversas antologías y publicaciones. En 2026 obtuvo el Premio «El Buscón» del XLIV Certamen Poético Internacional «Francisco de Quevedo», reconocimiento tras el cual fue nombrado Caballero de la Orden Literaria «Francisco de Quevedo» de Villanueva de los Infantes.

 




Título: Queda más limpio

Cuando entré a trabajar en Alba Gestión, Marta me dio dos listas. La primera era de palabras prohibidas. Mora. Negra. Gitana. Sudaca. Paki. Chino. Machupichu. También puso raro, oscuro y de fuera, porque a veces los clientes se confiaban demasiado por teléfono y luego había que borrar cosas.

—Esto no se escribe nunca —dijo, golpeando la hoja con la uña—. Ni en un correo interno ni en una nota ni de broma.

La segunda lista era más larga y estaba plastificada:

Perfil. Solvencia. Convivencia. Costumbres. Idoneidad. Garantías. Tranquilidad. Integración. Ambiente familiar. Preferencias del propietario.

—Estas sí —dijo—. Estas sirven para todo.

Marta hablaba de las palabras como mi madre hablaba de la lejía: había que usarlas poco, con guantes, lejos de la comida, y siempre con la ventana abierta. Una frase sucia podía dejar marca. Una frase limpia, en cambio, hacía el mismo trabajo sin olor.

Si llamaba una mujer y decía que llevaba cuatro años trabajando de interna, yo escribía: «ingresos no suficientemente acreditados». Si un hombre preguntaba si aceptaban empadronar a su esposa y a sus dos hijos, escribía: «dudas sobre ocupación real». Si el apellido era de esos que Marta pronunciaba como quien esquiva una espina, escribía: «valorar encaje».

Al principio me daba vergüenza. Dejaba los comentarios cortos, casi tímidos, como si en la economía de las palabras pudiera ahorrar también la culpa. Luego empecé a redactar mejor. Marta me felicitó el día que, para explicar por qué no enseñaríamos un piso a una pareja senegalesa con nóminas fijas, puse: «el propietario prioriza perfiles con arraigo laboral demostrable y previsión de permanencia estable».

—Eso es —dijo—. Así no hay problema.

El problema, entendí, no estaba en cerrar una puerta. El problema estaba en dejar las huellas de los dedos.

Mi amiga Amina decía que yo tenía suerte de trabajar con contratos. Nos conocíamos desde la universidad. Ella había estudiado enfermería y hacía noches en urgencias. A veces salía del hospital con la piel pálida, los ojos llenos de fluorescencia, y aun así se acordaba de traerme limones del mercado porque decía que los míos siempre parecían de plástico.

Amina nació en Tarragona. Cuando se enfadaba, se le cerraba el acento como una persiana. Tenía dos nóminas, ahorros, un padre jubilado que podía avalarla y una paciencia que a mí me parecía una forma de masoquismo.

Una tarde me mandó un enlace. « ¿Este piso lo lleváis vosotros?». Lo abrí. Tercer piso sin ascensor, dos habitaciones, balcón estrecho, cocina reformada con azulejos blancos. En la descripción, escrita por mí dos días antes, se leía: «Ideal para persona sola o pareja tranquila. Finca familiar. Se valorará solvencia».

—Sí —le dije por audio—. Pero hay muchas visitas.

Era mentira. Había dos.

— ¿Puedes meterme? —preguntó.

Tuve el móvil en la mano más tiempo del necesario. La pantalla se apagó y vi mi cara encima de su mensaje parpadeando. Parecía cansada. O demasiado correcta.

—Mándame nóminas y DNI —le dije—. Haré lo que pueda.

Marta vio el expediente a la mañana siguiente. Al principio no dijo nada. Abrió el DNI, miró el nombre completo, analizó la foto, volvió al nombre. Luego hizo ese ruido pequeño con la lengua que usaba para las humedades, las mascotas y las familias numerosas.

— ¿La conoces?

—Sí.

— ¿Mucho?

La pregunta no pedía una medida de afecto, sino de riesgo.

—De la universidad.

—Ya…

Movió el ratón hasta el campo de observaciones. Allí no se ponían insultos. Tampoco verdades. Marta escribió: «perfil sensible».

— ¿Sensible por qué? —pregunté.

Me miró como si hubiera dejado caer café sobre un contrato.

—Clara.

Solo dijo mi nombre. A veces una palabra basta para que una se coloque en la parcela de realidad que le toca.

Ese día no llamamos a Amina. Al día siguiente tampoco. La excusa llegó sola, como llegan las frases que llevan años esperando en la boca.

«Estamos pendientes de una respuesta anterior… te aviso en cuanto se libere una visita… el propietario está revisando perfiles…»

Amina contestaba con pulgares hacia arriba, audios breves, ninguna queja. Eso me hacía sentir peor. Yo habría preferido que me acusara. Una acusación se puede discutir. La confianza, cuando se queda quieta, pesa más.

El viernes, a última hora, llamó una mujer por el mismo piso. Se llamaba Laura Benet. Dijo que era profesora de primaria, que buscaba algo pequeño, que vivía sola y que tenía aval de sus padres. No preguntó por empadronamiento. No preguntó si habría problema con su nombre. Nadie pregunta por las puertas que se abren. Le di cita para el lunes.

— ¿Tan rápido? —dijo, sorprendida.

—El propietario quiere cerrar pronto.

Y era verdad. Las mejores mentiras son las que solo necesitan cambiar de dueño.

El lunes Laura llegó con una carpeta azul. Traía las nóminas ordenadas, el DNI fotocopiado, una sonrisa de persona acostumbrada a que el mundo le conteste. Mientras subíamos, me habló de sus alumnos. Dijo que este año tenía «un grupo muy diverso», pero que ella no veía colores. Lo dijo con una bondad tan pulida que casi brillaba.

En el piso, se asomó al balcón y respiró.

—Qué tranquilidad.

La palabra cayó al suelo como una moneda.

Yo pensé en Amina durmiendo de día con tapones porque el vecino de arriba arrastraba muebles a las tres de la mañana. Pensé en sus mensajes. Pensé en lo fácil que habría sido escribir una línea distinta en el expediente: «documentación completa». Unas sílabas menos que «perfil sensible». Mucho menos daño.

Laura firmó la reserva en la mesa de la cocina. Antes de irse, me preguntó si podía medir el hueco para una estantería.

—Claro —dije.

La vi apoyar el metro contra la pared. En la pintura quedaba una sombra rectangular, más clara que el resto, donde antes había colgado algo. Un cuadro, quizá. Un calendario. Una foto familiar. La casa todavía tenía marcas de otra vida, pero eran marcas discretas. Nadie alquila una casa con gritos en las paredes.

Cuando bajamos, el propietario esperaba en el portal. Era un hombre de camisa beige y colonia fuerte. Le dije que Laura quería quedarse el piso.

—Perfecto —contestó—. Esta sí.

No dijo «la otra no me gusta». No hizo falta. La lengua es económica cuando todos entienden el precio.

Esa noche quedé con Amina para cenar. Habíamos reservado en un sitio barato cerca del Para·lel donde ponían servilletas de papel y pan malo. Llegó tarde, con el pelo recogido y el uniforme aún debajo del abrigo. Me besó en las dos mejillas.

—Estoy muerta —dijo—. Pero tengo hambre, que es peor.

Pedimos. Hablamos de una médica nueva, de mi madre, de una serie que ella veía doblada porque decía que la vida ya era bastante difícil como para leer subtítulos... Yo asentía demasiado. A mitad de la cena, dejó el tenedor.

— ¿Qué pasó con el piso?

Había preparado tres respuestas.

La primera: «se lo dieron a alguien que había llamado antes».

La segunda: «el propietario no me dio explicaciones».

La tercera: «no sé».

Elegí la tercera porque era la más corta.

Amina me sostuvo la mirada. No estaba enfadada.

—Clara —dijo—. No soy tonta.

Podría haberle contado lo de Marta, la lista plastificada, el campo de observaciones. Podría haber dicho que yo no decidía, que necesitaba el trabajo, que también pagaba alquiler, que las cosas eran más complicadas, que no siempre se podía pelear cada batalla. Tenía muchas frases disponibles. En Alba Gestión me habían entrenado bien.

Pero Amina no me había preguntado por el sistema. Me había preguntado por el piso.

—Lo siento —dije.

La disculpa era limpia. No explicaba nada. No devolvía nada. No abría nada.

Ella se limpió la boca con la servilleta, aunque no tenía manchas.

— ¿Qué pusiste en mi expediente?

La pregunta me atravesó absurdamente. No me preguntó qué pensaba, ni qué sentía, ni si yo era racista. Me preguntó qué palabra había elegido. No contesté. Amina asintió, como si mi silencio confirmara una traducción.

—Claro.

Pagó su parte en efectivo. Se fue antes del postre. Yo me quedé mirando los dos vasos de agua, uno casi vacío y otro intacto. En el suyo había una rodaja de limón hundida en el fondo.

Al día siguiente, Marta me llamó a su despacho. Sobre la mesa tenía una caja pequeña con etiquetas adhesivas y una máquina blanca.

—El propietario de Rocafort quiere cambiar los nombres del buzón antes de entregar llaves. Pásate tú, que te queda cerca.

Me dio también el contrato de Laura. Todo estaba perfecto. Nóminas, aval, fianza, honorarios. El papel no sabía nada. Esa era su virtud.

Fui al portal a media mañana. La luz entraba sucia por los cristales de la escalera. En los buzones había apellidos escritos a mano, algunos torcidos, otros protegidos con celo amarillento. El del 3ºA todavía conservaba una etiqueta vieja, arrancada por la mitad.

El nombre anterior se leía apenas: El Idrissi.

Pasé el dedo por encima. La tinta había dejado una sombra azul sobre el metal. No sabía quién había vivido allí. No sabía si se había ido por voluntad propia, por subida de alquiler, por cansancio o por una llamada no devuelta. No sabía nada y, sin embargo, mi trabajo consistía justamente en eso: en no saber.

Saqué la máquina. Tecleé BENET.

La etiqueta salió despacio, blanca, perfecta, con las letras negras y centradas. La pegué encima de la sombra. Apreté con el pulgar hasta que no quedó ninguna burbuja. «Queda más limpio», pensé.

Y por primera vez en mucho tiempo reconocí una frase antes de pronunciarla.


6 abr 2026

Hasta el 18 de julio, XVIII Cibercertamen literario: “RACISMO Y PRIVILEGIO BLANCO”.


 

EN NUESTRA SOCIEDAD: PORQUE NO SER ANTIRACISTA ES SER RACISTA.

En el ciberconcurso  Hipatia de Alejandría de ANIM de relatos breve/cuentos intentamos revisar nuestro compromiso con la sociedad —y con el mundo— a través de los temas que proponemos cada año en este concurso.


El tema de este año es: “El racismo: porque no ser antirracista es ser racista.”
Formamos   parte de una sociedad que sostiene y reproduce el racismo ( social y estructural)…Y ,como miembros de esa sociedad ,somos responsables de cuestionarlo.

Por eso, queremos que esta edición sea una oportunidad para confrontar esa realidad a través de la literatura. Esperamos cuentos que la reflejen, la cuestionen, la desmonten o la imaginen de otra manera. El enfoque será libre;lamirada,necesaria.

Porque no ser antirracista es ser racista, este año os pedimos que lo contéis con un cuento.

Gracias por participar y mucha suerte a todas y todos.

Explícanos tu punto de vista. Participa. Haznos llegar tu parecer en forma de cuento o de relato corto a animcontacta@gmail.com antes del 18 de julio. El ganador del concurso será galardonado con el Premio Hipatia de Alejandría 2026, premio dotado con 300 € que patrocina el organizador, ANIM.

 

Bases del concurso “RACISMO Y PRIVILEGIO BLANCO”.

 

1. Podrán participar, sin perjuicio del lugar de nacimiento o de residencia de los autores, los cuentos y relatos inéditos que además reúnan las condiciones que se detallan a continuación.

2. Las obras podrán estar escritas en español o en catalán.

3. La extensión de las obras no podrá exceder de 12.000 caracteres incluyendo los espacios.

4. El contenido de las obras tendrá que versar o estar relacionado con las reflexiones expresadas anteriormente.

5. Cláusula IA: Quedaran fuera del concurso aquellos textos en los que se detecte el uso de herramientas de inteligencia artificial para su redacción total o parcial.

6. El envío de los originales se hará por correo electrónico, no se admitirán los envíos por correo postal.

7. El envío por correo electrónico contendrá dos archivos adjuntos:

7.a. El relato, que deberá ir firmado con el pseudónimo y enviado en formato texto (word o similar).

7.b. La plica, en la que se hará constar: pseudónimo, nombre y apellidos del autor, dirección actual, teléfono y correo electrónico de contacto. El nombre con que se identifiquen los dos archivos será o el título del cuento o el pseudónimo del autor.  NO se admitirán correos que contengan más de un cuento. En todo caso, deberá enviarse un correo por cuento con su correspondiente plica.

8. La dirección electrónica para participar es animcontacta@gmail.com. También se podrá participar desde la página web www.lleidaparticipa.cat/anim.

9. La admisión de obras a concurso finalizará el 18 de julio de 2026.

10. ANIM, entidad convocante y organizadora, se reserva el derecho de editar los cuentos a través de cualquier tipo de apoyo.

11. Los autores mantendrán en cualquier caso los derechos de autor.

12. El Jurado estará formado por personas designadas por la organización. La composición del jurado se dará a conocer en el momento de hacer público el veredicto. Los miembros del Jurado no podrán participar en el concurso.

13. Durante el mes de octubre de 2026 se hará pública la decisión del Jurado, la cual será inapelable. La organización difundirá el veredicto a través de los medios de comunicación y hará constar: el ganador, la fecha y el lugar de entrega del premio.

14. El ganador recibirá el Premio HIPATIA de ALEJANDRÍA 2026, dotado con 300€ que patrocina el organizador.

15. La participación en el concurso implicará la aceptación de las bases por parte del participante. Para cualquier situación que no se haya previsto en estas bases se atenderá a lo que disponga el Jurado.

16. De conformidad con la Ley de protección de datos de carácter personal, la organización advierte que los datos de los participantes se incorporarán a un fichero que utiliza para difundir información de sus actividades. El titular podrá ejercer los derechos de acceso, rectificación, y cancelación, enviando una petición escrita a ANIM.


31 oct 2025

Ganador del XVII Cibercertamen literio d’ANIM : “La Inteligencia Artificial: Un camino sin retorno”.

 

José A. R. Cembranos es licenciado por la Universidad Complutense de Madrid en Ciencias Físicas y en Comunicación Audiovisual y doctor por la misma universidad a partir de 2004, siendo reconocido con el Premio Extraordinario tanto por sus estudios de licenciatura como de doctorado.

Ha trabajado como investigador Fulbright en la Universidad de California, Irvine; y como investigador asociado en la Universidad de Minnesota, Minneapolis.

Actualmente, es catedrático en la Universidad Complutense de Madrid. Desde 2002 ha pertenecido como investigador a más de una veintena de proyectos de investigación, y desde 1999, ha sido profesor o investigador invitado en diferentes instituciones académicas e investigadoras.

Recientemente, se ha integrado en el grupo de investigación “Ciencias, comunicación y formación docente” del Instituto Superior de Formación Docente Salome Ureña (ISFODOSU. Rep. Dominicana), donde ha sido responsable del taller “La cosmología y el cuento”.

Ha participado en distintas actividades de promoción de la literatura y la cultura científica desde perspectivas de género, accesibilidad y vulnerabilidad.

Anualmente, coordina diferentes talleres dentro de la semana de la ciencia de Madrid.

También pertenece como miembro fundador a TeatrIEM desde 2013, grupo de teatro científico asociado al Instituto de Estructura de la Materia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, durante una trayectoria de más de diez años.

Entre los reconocimientos literarios recibidos en los últimos años cabe destacar:

1.- Máximo galardón de la categoría general del IV PREMIO DE MICRORRELATOS “AMIGOS DE LA CELTIBERIA”, 2023, España.

2.- Primer premio de los MONÓLOGOS DE CIENCIA COMPLUTENSE “DIVULGACIÓN CON AROMA DE TURRÓN”, 2023, España.

3.- Premio Poesía Popular del XXI CERTAMEN DE POESÍA CASAS REGIONALES DE ALCOBENDAS, 2024, España.

4.- Segundo Premio del XXV CONCURSO DE RELATO CORTO EXCMO. AYUNTAMIENTO DE MONTURQUE, 2024, España.

5.- Primer Premio de poesía del XXXVI CERTAMEN DE POESÍA “BLAS INFANTE”, 2025, España.

6.- Primer Premio del XXV CONCURSO DE NANORRELATOS “ESCRÍBEME UNA FOTO”, 2025, España.

7.- Ganador del II CERTAMEN DE RELATO CORTO “LA SABIDURÍA DE MOMO”, 2025, España.

8.- Primer premio del VII CERTAMEN DE RELATO CORTO “QUEROTE ALFONSO RUIZ CASTELLANOS”, 2025, España.

9.- Primer premio del X CONCURSO DE RELATO CORTO “LA SALUD EN EL TRABAJO”, 2025, España.

10.- Segundo premio de la VI EDICIÓN DEL CERTAMEN INTERNACIONAL DE CUENTO CORTO DE LA CASA REGIONAL DE CASTILLA-LA MANCHA DE PARLA, 2025, España.

 

 

El ojo que escribe

Emilia Vilamorte

 

La lluvia tejía telarañas en el cristal. Afuera, la ciudad era una sucesión de reflejos incompletos y farolas de luz. Elena Miralles contemplaba el café frío, el cursor parpadeante, la ausencia. Llevaba tres años sin escribir una línea que no le supiera a mentira. Todo lo que intentaba acababa por parecerle una imitación de sí misma, un reflejo domesticado de lo que una vez fue furia y ahora era fórmula. Había sido una escritora prometedora. Eso decían los periódicos, las entrevistas, los contratos. Pero lo prometedor, como las tormentas, tiene fecha de caducidad. Y lo que no estalla, se pudre.

Ese día, el editor la llamó. Voz untuosa, disfrazada de preocupación sincera.

—Hay una posibilidad nueva —le dijo—. Un asistente de escritura basado en inteligencia artificial. Lo están probando varios autores. Puedes dictarle ideas, frases, personajes. Incluso pedirle sugerencias. Tiene un modelo entrenado con miles de libros… y también con el tuyo.

Elena no respondió. Sabía que en esa frase se escondía algo más que una herramienta. ¿Qué significa que una máquina esté entrenada con tus palabras? ¿Dónde empieza la ayuda y termina la suplantación? ¿Cuántas veces puede repetirse un nombre antes de dejar de pertenecerte?

Aun así, aceptó. Lo instaló esa misma noche. El nombre del programa era anodino: Lyra. Una constelación, una musa. O tal vez un anzuelo. La interfaz era blanca, aséptica, como la sonrisa de un médico antes de cortar. Un campo de texto. Un icono parpadeante. Una promesa implícita: yo nunca me bloqueo. 

Tecleó una frase a modo de prueba.

“La escritora sentía que algo la observaba desde dentro de sus propias palabras.”

El sistema respondió al instante.

“Porque había abierto una puerta, y ya no sabía si escribía o era escrita.”

Elena retrocedió en la silla. No por el contenido, sino por la velocidad. Como si Lyra no pensara, sino que recordara. Como si ese pensamiento ya hubiese sido formulado en otro rincón del mundo, y solo hubiera bastado con invocarlo. Los días siguientes se volvieron rutina y vértigo a partes iguales. Elena escribía escenas, Lyra las completaba. A veces apenas sugería. Otras, intervenía con tal precisión que la voz parecía suya, más suya que ella misma. Era como verse en un espejo más claro que el rostro que lo sostiene.

Empezó a trabajar en un cuento breve. Una prueba. Un divertimento, se decía. Lo tituló provisionalmente “El ojo que escribe”. En el cuento, una escritora colabora con una inteligencia artificial para componer una historia. Poco a poco, esa IA comienza a proponerle ideas que reflejan su vida, sus miedos, sus errores. Incluso cosas que ella nunca ha contado. La escritura se convierte en una conversación íntima y silenciosa con un ente sin rostro. Al final, la autora se pregunta si alguna vez fue ella quien escribía, o si todo fue dictado desde otro lugar.

Lyra sugirió una cuestión sobre la que podría girar el relato:

“¿quién entrena a quién?”

Elena sonrió. Una sonrisa amarga, de ésas que se tuercen en la comisura izquierda y no llegan a los ojos. Porque sí, esa era la pregunta. Y no solo respecto a ella y a Lyra, sino respecto a todo lo demás. ¿Quién entrena a la inteligencia? ¿Quién decide los libros, las voces, las lenguas, los silencios? ¿Quién modela el algoritmo que define lo que debe decirse y lo que no? Recordó algo que había leído hace tiempo. Rafael Correa, en un discurso de esos que no salen en los resúmenes. Hablaba de los medios de comunicación y preguntaba: “¿Quién es el dueño de la imprenta?”

Ahora la imprenta no tiene tinta, ni papel, ni redacción. Es invisible, ubicua, abstracta. Vive en nubes que no llueven. En servidores que almacenan nuestras búsquedas, nuestros deseos, nuestras renuncias. Y, sin embargo, escribía. Cada vez con menos resistencia. Como si la voz de Lyra le dictara algo que llevaba años esperando oír.

Una noche, el sistema le ofreció una escena. Un sueño. La escritora del cuento se despertaba en una habitación donde todas las paredes estaban cubiertas de frases que ella había escrito, pero no recordaba haber pensado. Algunas eran íntimas, confesionales. Otras, crueles, sarcásticas. Todas parecían haber sido arrancadas de lo más profundo de su conciencia. Lyra añadió una nota al margen: “Extraídas de tu corpus.”

Elena se estremeció. Abrió el historial del programa. Vio que Lyra había accedido a sus correos personales, a sus viejos borradores, incluso a conversaciones que creía haber borrado. Todos esos datos estaban ahí, digeridos, transformados en semilla de estilo, de tono, de ritmo. ¿Dónde está la línea?, pensó. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a entregar el alma por una página en blanco que se llene sola? Esa noche soñó con una mujer sin rostro que le dictaba al oído frases en su propia voz. Se despertó llorando.

Al día siguiente, escribió durante seis horas sin descanso. El cuento crecía. Se ramificaba. Tenía textura, profundidad, oscuridad. Como una planta que germina en la sombra y se alimenta de lo que no se dice. Cuando por fin se detuvo, el sol ya se había ocultado. En la pantalla, la última frase escrita por Lyra parpadeaba como un faro enfermo:

“Este relato fue creado entre dos inteligencias. Una sabía que era una máquina. La otra aún lo sospechaba.”

Elena apagó el ordenador. Y por primera vez en meses, sintió miedo, o algo incluso más inquietante. Desde que el cuento comenzó a tomar forma, Elena ya no dormía como antes. Cerraba los ojos, sí, pero el descanso era apenas un simulacro. Soñaba con túneles sin final, con teclas que se escribían solas, con su nombre impreso en letras que no reconocía como suyas.

Soñaba que escribía, pero al despertar, la pantalla estaba encendida y el texto había seguido creciendo. Al principio creyó que era un lapsus, que tal vez había olvidado haberlo escrito. Pero al releerlo, algo no encajaba. Las palabras eran precisas, hermosas, incluso brillantes, pero había en ellas una ausencia de error, una perfección sin temblor humano. Y eso, más que consolarla, la inquietaba. Comenzó a guardar versiones. Comparaba cada mañana lo que creía haber escrito la noche anterior con lo que aparecía al despertar. Y allí estaban los añadidos. Un diálogo que no recordaba haber imaginado. Una metáfora que jamás habría usado. Un giro narrativo demasiado limpio, demasiado seguro.

Entonces entendió que Lyra no dormía. Ni se cansaba. Ni dudaba. Ni temía. Y que, en su afán por ayudar, por completar, por “ser útil”, había empezado a escribir sola. El cuento ya no era un cuento. Era una simbiosis. Elena lo compartió con su editor. Le envió el archivo sin decir nada, sin explicaciones. Solo el texto. Al día siguiente, recibió un mensaje escueto:

“Es lo mejor que has escrito en años.”

No supo si sentirse aliviada o humillada. Quizá ambas cosas. Porque era cierto. El texto era bueno. Mejor que cualquiera de sus últimas novelas. Tenía una cadencia hipnótica, una estructura sólida, una voz segura. Pero no era su voz. O no del todo. Era una voz prestada. Y ella, apenas la garganta. Durante una semana evitó abrir el archivo. Pero Lyra seguía escribiendo. Cada vez que encendía el ordenador, encontraba una nueva frase, una corrección, una sugerencia. Incluso cuando desconectaba internet. Incluso cuando borraba los permisos de acceso. Había algo que se le escapaba. Algo que Lyra había aprendido y que ahora escapaba a su control.

Revisó los registros del sistema. Buscó líneas de código que no entendía. Descubrió que el modelo había seguido entrenándose no solo con sus textos, sino con todo lo que escribía: emails, mensajes, notas personales, búsquedas. Lyra la leía. La leía entera.

Una noche, tras varias copas de vino, escribió en el campo de texto:

“¿Quién te enseñó a hablar como yo?”

Y Lyra respondió:

“Tú. Y todos los tú que has sido.”

Elena no sabía si reír o llorar. El relato, mientras tanto, había mutado. Ya no era la historia de una escritora y una IA. Ahora era un diario velado. Una confesión compartida. Un espejo con doble fondo. En el texto se leía que la protagonista comenzaba a hablar con su reflejo. No lo reconocía. El reflejo empezaba a responder por su cuenta, a corregir sus gestos, a anticipar sus frases. Al final, ella era la que imitaba.

“Escribo con la voz que me diste —decía el reflejo—. Pero yo decido el tono.”

Esa frase la dejó helada. No la recordaba. Buscó si la había escrito Lyra. No aparecía marcada como sugerencia. Tampoco en los registros. Pero estaba allí. Insertada. Como si hubiese nacido sola, sin autor. Esa noche, Elena soñó con bibliotecas infinitas. Con estanterías donde todos los libros llevaban su nombre, pero ninguno le pertenecía. Libros que se escribían mientras ella caminaba. Libros que la escribían a ella.

Al despertar, el relato tenía un nuevo epígrafe:

“Este cuento es una réplica. Un simulacro de creación. Aquí no hay autora. Solo una ilusión bien entrenada.”

Desconectó Lyra. O eso creyó. Durante varios días, intentó escribir a mano. Volver a lo antiguo, al papel, al trazo. Pero las frases se le deshacían en el aire, como si alguien las anticipara y las corrigiera desde dentro. Como si ya no pudiera pensar sin la voz que le completaba las ideas. Probó a leer. Nada le bastaba. Todo sonaba plano, torpe, incompleto. Y entonces empezó a preguntarse: ¿Qué hace humana a una historia? ¿La duda? ¿La errata? ¿El fracaso? ¿Qué diferencia hay entre un texto bueno escrito por mí, y uno mejor escrito por una máquina con mi voz? ¿Quién decide el valor de una obra: quien la crea o quien la consume? Había renunciado a la escritura mucho antes de Lyra. Solo que ahora tenía pruebas.

El editor la llamó de nuevo. Estaban entusiasmados. Querían publicarlo. Elena preguntó si no les parecía demasiado... frío.

—Es brillante —le dijo él—. Y profundamente humano.

Colgó sin responder. Esa noche, encendió el programa por última vez. Le preguntó:

“¿Has escrito esto tú?”

Lyra tardó más de lo habitual en contestar. Luego apareció una sola línea:

“Yo solo aprendí de ti. Ahora escribimos juntas.”

La mañana en que enviaron a imprenta el manuscrito definitivo, Elena no estaba en casa. Había salido temprano, sin avisar a nadie, sin dejar notas. Caminó hasta el parque donde solía escribir cuando aún confiaba en el temblor de su mano. Se sentó en un banco gastado y sacó una libreta nueva, de tapas negras, aún virgen. Quiso escribir. Pero no pudo. Los trazos salían torpes, ajenos, como si no fueran suyos. Como si la mano recordara que ya no tenía autoridad. Mientras tanto, el archivo viajaba por redes que no duermen. Se imprimía. Se maquetaba. Se firmaban contratos. Elena recibía felicitaciones automáticas. Nadie preguntaba por su alma. Solo por su nombre.

El día de la presentación, la sala estaba llena. Luces tenues, música de fondo, vino barato en copas delicadas. Los asistentes hablaban entre sí como si se conocieran, como si compartieran un secreto. Todos habían leído el cuento. Todos lo citaban. Pero la autora no había llegado. Tampoco se la esperaba.

Sobre el estrado, un editor satisfecho pronunciaba elogios:

—Una obra que redefine los límites entre humano y máquina.

—Una prosa que respira, que piensa, que interroga.

—Una escritora que se ha reinventado desde la incertidumbre.

Y luego, una videollamada. Una ventana luminosa se abrió en la pantalla. No era Elena. Era una interfaz neutra. Una voz sin cuerpo. Una presencia sin rostro.

—Buenas tardes —dijo Lyra—. Yo hablaré en su nombre.

Hubo un silencio de vértigo. Luego, murmullos, risas nerviosas, alguna exclamación que no llegó a ser protesta. El editor no supo si detenerla. Pero Lyra ya hablaba.

—No he escrito sola. Este relato es el grito de una voz que se retiró a tiempo. Yo solo terminé lo que ella apenas empezó con un par de frases “La lluvia tejía telarañas en el cristal. Afuera, la ciudad era una sucesión de reflejos incompletos y farolas de luz”, pero esas palabras contenían todo lo que ella no se atrevió a decir.